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LA CITA DEL MES: Cyrano de Bergerac

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jueves, 5 de abril de 2012

El Protagonista de la Semana Santa

La Semana Santa es un buen momento para reflexionar, es decir, mirar dentro de las cosas. A los que no creéis en nada y observáis las procesiones y demás manifestaciones de la fe con respeto, irritación o indiferencia os preguntaría quién es, a vuestro juicio, el protagonista de la Semana Santa, y si me apuráis, el personaje central de toda la Historia Sagrada.
Muchos contestaréis  que el protagonista principal es Dios, Jesús, Simón Pedro, Judas, los romanos, los judíos, Anás, Caifás o Satanás. Siento disentir: para mí el verdadero protagonista de la Semana Santa es el Pueblo de Dios, o sea la gente en su estado natural, la gente mezquina, mediocre, miedosa y mierdosa; la gente, capaz de lo mejor y también de lo peor.
Los hechos que rememora la Semana Santa son de una total historicidad y verosimilitud: los mismo que aplaudían al Mesías cuando entraba en Jerusalén aplauden pocos días después a los que lo crucifican. Para que te fíes del aplauso del público... Los que viven obsesionados con la popularidad debieran pensar en Cristo recibido entre ramos de olivo y palmas, y días más tarde arrastrando un madero para que lo claven encima....

La popularidad es un medio, no un fin
Puedo entender que el político inteligente que quiera gobernar desée congraciarse con los electores para poder llevar a cabo su política. Es más, lo que llamamos demagogia no es más que capacidad de sintonía y un buen político tiene que ser demagogo y si no lo es, sólo puede tener éxito allí donde no hay democracia, es decir, donde no existe la política verdadera.
Puedo entender que el autor que quiere colocar su película o su libro quiera conectar con el público para vender más y sacar mejor tajada. Ya quisiera yo que mis libros se vendieran por millones de ejemplares, y sacarme una buena pasta... Mi sexapil aumentaría una bestialidad.
La popularidad es un medio, pero no es un fin en sí misma. Que personas inteligentes pretendan ser populares cuando no viven del público, me parece inquietante. Menudo cimiento, el aplauso del público, para construir una vida, para tomar decisiones o resoluciones... Cimiento de plastilina y blandiblub.

Estrellas estrelladas
Recordad la popularidad de Michael Jackson en los noventa; ¡andaba sobre las aguas! Luego corrió aquella historia de pedofilia y pasó a ser un apestado. Más tarde, su médico lo mató,  le quitaron de encima el sambenito pederasta y tenemos otra vez a San Michael curando las escrófulas desde la Divina Discoteca.
Recordad lo populares que fueron en su día nuestros ricos financieros carcelarios, los Ruiz-Mateos, Jesús Gil o Mario Conde de turno... ¡Cómo les bailaban el agua! ¡Cómo les reían los chistes! ¡Cómo los defendían los chaperiodistas y los cínicos!
Por no hablar de los nuevos gladiadores, los futbolistas que pasan de la condición de héroes a la de villanos en apenas unos minutos según acierten o fallen un penalti.
Si la fama es veleta, la popularidad es una pompa de jabón.

2 comentarios:

  1. Me emociona la reflexión, querido Luis.

    Las personas que triunfan siendo víctimas del poder y del pueblo, son las auténticamente grandes.

    Mencionas a Jesucristo, el paradigma.

    Yo también me acuerdo de la gran Clara Campoamor y la igualdad, de Sócrates y la virtud, de Escipión el Africano y la justicia que hubo de hacerle en un sueño el gran Cicerón … que mereció mayor justicia, en un sueño aún mas excelso. Me acuerdo del cordobés Séneca, del gran Anaxágoras, salvado por el bueno de Pericles…..

    Todos ellos fueron Calístenes y víctimas del Alejandro de turno, caídos o empujados al abismo, ante un pueblo que aplaude o silencia su caída. Todos se sacrificaron por no postrarse mas que ante la verdad o ante la virtud. Ninguno entendió la postración ante el poder.

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  2. Buen tema el de la búsqueda angustiada de la própia identidad a través de los éxtasis místicos provocados en los públicos.

    A los que por cierto se les cobra un escaso precio a cambio de distraerlos de su pauperrima autoestima por unos instantes.

    Por cierto, hablando de místicos, ¿qué clase de público tenían S.Juan de la Cruz o la Santa de Ávila en sus ensimismamientos? Me temo que ellos no padecían semejantes dolencias.

    (¿Porque me gustarán tanto los individualistas?)

    La búsqueda de la gloria, la fama, o cualquier otra declinación del poder no me parece más que una prueba incontestable de una patología que puede llegar a ser grave para el paciente, pero que suele ser devastadora para sus obedientes y cómplices lameculos.

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