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LA CITA DEL MES: Cyrano de Bergerac

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martes, 24 de junio de 2003

Hace noventa años en La Granja (nacimiento de don Juan de Borbón)


La historia de La Granja es la historia de nuestra Corona, la historia de nuestra Casa de Borbón, la historia, por tanto, de trescientos años de España.

A principios del siglo XVIII —el siglo de la Monarquía por antonomasia, el siglo de los despotismos ilustrados— no había ordenadores ni satélites ni fútbol ni televisión, pero se trabajaba rápido y bien. Prueba de ello es que en 1720 Felipe V compró a los frailes jerónimos del Parral los terrenos de su granja y terrenos colindantes, en la villa de San Ildefonso, y no habían transcurrido seis años cuando se levantaba allí un hermoso palacio, proyecto de Teodoro Ardemáns, rápidamente habilitado para que pudieran vivir en él los Reyes. Felipe V e Isabel de Farnesio se trasladaron a La Granja cuando les fue posible, y allí nació el 11 de junio de 1726 la infanta María Antonia, malograda Delfina de Francia, a la que casaron con el primogénito de Luis XV. Le seguirían muchos otros Infantes a lo largo de la historia, y el último en nacer allí, hace ahora 90 años, era hijo de un Rey, don Alfonso XIII y padre de otro Rey, don Juan Carlos I, pero nunca llegó a ser Rey. Hablamos, claro está, de don Juan de Borbón.

20 de junio de 1913

A la una y media de la noche del día 20 de junio de 1913, una inocente criatura dejaba el confortable abrigo del vientre materno y recibía del ya anciano Conde de San Diego —eximio obstetra y médico de la Real Cámara— el consabido azote en la nalga, echando a la vez su primera lágrima y su primer aliento: ¡el mundo no es ninguna broma! No sería éste el único azote en su vida; años después recibiría alguno más en la escuela naval de Dartmouth, donde aprendió su oficio de marino bajo la férula de la disciplina inglesa. Y la vida se encargó de propinarle mayores disgustos que unos azotes: su padre fue destronado así que él y su familia pasaron la mayor parte de su vida en el exilio; el matrimonio de sus padres hizo aguas; su hermano mayor, don Alfonso, y el más pequeño, don Gonzalo, eran hemofílicos, y su otro hermano varón, don Jaime, sordomudo; de sus dos hijos varones el más pequeño murió trágicamente, jugando con una pistola; hijo de Rey y padre de Rey, la voluntad del general Franco lo excluyó a él del trono; fue traicionado incansablemente por sus propios partidarios e insultado incansablemente por sus adversarios; para salvar su dinastía tuvo que entregar, como los antiguos Atridas, su propio hijo en holocausto a su peor enemigo; y el final de su vida se encargó de amargárselo un largo y doloroso proceso cancerígeno. Pero todo esto vino después...
Volvamos a La Granja, hace 90 años. A los pocos minutos de nacer el sexto vástago de Sus Majestades, se izaba la bandera en el mástil del palacio, y se colocaba un farol rojo en su fachada del principal. Esa fue la señal esperada para que una batería del regimiento de guarnición en Segovia emplazada en Las Peñitas iniciara la salva de 21 cañonazos reglamentarios que despertó a los pacíficos habitantes de San Ildefonso anunciándoles que la Reina había alumbrado un varón.

Ceremonial

Seis años antes Alfonso XIII había firmado el Decreto fijando las normas de ceremonia ante el entonces inminente alumbramiento del primer retoño de la Reina Victoria Eugenia, que sería el malogrado infante don Alfonso. El decreto, —reproducido por don Enrique Juncedo Avello, de quien tomamos muchos datos— especificaba en su artículo primero que "Asistirán a la presentación del Príncipe de Asturias o de la Infanta que nazca los Ministros de la Corona, los Jefes de Palacio, los Presidentes de cada uno de los Cuerpos Colegisladores, los Comisionados de Asturias, una Comisión de dos individuos nombrados por la Diputación de la Grandeza, los Capitanes Generales del Ejército, los Caballeros de la Insigne Orden del Toisón de Oro [...]" Mucha gente, desde luego, a la que se advirtió del nacimiento del Infante y que estaba presente en el salón llamado pieza de música a las ocho de la mañana cuando —según escribe González Doria— "apareció Alfonso XIII llevando en los brazos, sobre un cojín de terciopelo granate, la figura del Infante recién nacido, y con su habitual desenvoltura lo fue mostrando a todos diciendo, sencillamente: aquí tenéis a un Infante, que acaba de presentarse".


Cinco días después el infantito recibía el bautismo de manos de don Jaime Cardona y Tur, Patriarca de Indias y obispo de Sión, en un altar portátil instalado el centro del Salón del Trono cuyo elemento más notable era la pila de Santo Domingo de Guzmán que en numerosas ocasiones ha contenido el agua traída del río Jordán con la que se hacen cristianos los Infantes de España, que por algo el Rey de España es también Rey de Jerusalén. Recibió los nombres de Juan, Carlos Teresa, Silverio y Alfonso.

Hijo de rey y padre de rey

Noventa años no parecen muchos si consideramos la vida de un hombre que nació justo antes de la I Guerra Mundial y cuyo destino está intrínsecamente ligado al de nuestro país. Hijo de Rey, padre de Rey, don Juan no reinó más que en los sellos privados o los puños de camisa de algunos monárquicos impenitentes, tan valientes como escasos, que se complacían en lucir en sus botones el "J III", la insignia de Juan Tercero. Todavía guarda mi padre los suyos...
Don Juan no era el primero de sus hermanos en nacer en el Real Sitio de San Ildefonso; le habían precedido, siempre en el mes de junio, los Infantes don Jaime (23 de junio de 1908) y doña Beatriz (22 de junio de 1909), recientemente fallecida. Sólo en ocasiones volvió a poner los pies en San Ildefonso. Una de esas ocasiones la tuvo —recién cumplidos los 12 años— el 28 de junio de 1923, cuando la Diputación Provincial de Segovia entregó los nombramientos de hijos predilectos de la Provincia a los tres infantes nacidos en la Granja: don Jaime, doña Beatriz y don Juan.

La real ausencia

Me gustaría decir que de alguna forma quedó marcado don Juan por sus orígenes, pero esto resultaría falsísimo. Don Juan estaba enamorado del mar y ni la más poética imaginación podría ordeñar de nuestras sierras y de nuestro claro cielo segoviano la imagen del océano, como no sea la visión de la meseta desde los altos de las Dos Castillas; porque en estas provincias castellanas la tierra es nuestro mar y las ciudades son islas aisladas unas de otras por leguas de yermos y cultivos.

Don Juan no fue muy asiduo de la Granja. Las vacaciones solía pasarlas en San Sebastián o Santander. Luego, de 1931 a 1975 España no tuvo Rey. Cuarenta y cuatro años sin Rey, para un Real Sitio, no es ninguna bicoca. Se podría escribir mucho acerca de la decadencia de El Escorial, La Granja o Aranjuez durante aquellos años. Y es que con Constitución o sin ella, la presencia regia es la presencia del poder, de la tradición y de la historia. Dónde los reyes van, se desplaza la función del poder, en invierno Baqueira y en verano Mallorca. No deja de ser sintomático que durante los años en que en España no hubo función real desapareciera el único teatro de La Granja, como si por falta de actores se hubiese suspendido la velada.

Luis Español Bouché

Publicado el 24.06.2003 en El Adelantado de Segovia

sábado, 14 de junio de 2003

Un palacio en la región de las nubes

La Granja posee el palacio más alto de Europa. El poder en España siempre ha buscado las cimas hasta el punto de constituir un imperio vertical.

Lo mejor de Madrid, dicen los sabios, son sus Reales Sitios. Aranjuez, el Escorial y la Granja acumulan historia, belleza y aire puro. Los dos primeros están ya comunicados con la capital por trenes de cercanías. En la provincia de Segovia, La Granja queda un poquito más rezagada, a una hora de coche, pero dentro de poco el AVE pondrá esa joya de Guadarrama a solo veinte minutos de la capital. Pequeña Babilonia serrana con sus jardines colgados del cielo, La Granja revela a quien la busque los secretos de su alquimia: la alquimia del invierno que hace brotar de sus fuentes congeladas cascadas de luz fría y crines de hielo azul; la alquimia, también, de sus crisoles que, todo el año, convierten la arena en vidrio, en cristales famosos por su delicadeza y también en lunas industriales.
Otro de los secretos de La Granja es su altitud. El palacio del Real Sitio de San Ildefonso se encuentra a 1.150 metros. Humboldt subrayaba el hecho de que La Granja se encuentre más alta que la cumbre del Vesubio con estas palabras: "... entre todos los monarcas de Europa, sólo el de España puede gloriarse de tener un palacio en la región de las nubes..."[ Citado por Joaquín Fenández Pérez en Humboldt: el descubrimiento de la naturaleza, Tres Cantos (Madrid), Nivola, 2002, pág. 58] Si la Granja tiene el palacio a mayor altura de Europa, Madrid, con sus 650 metros es la capital más alta del continente... con permiso de Andorra la Vieja (1.000 m.).

Un imperio vertical

No se debe esto a la casualidad. Es que si todos los imperios han procurado extenderse horizontalmente, abarcando mundos y mares, una característica notable y poco subrayada del imperio español fue que a su dimensión horizontal quiso añadir la vertical, conquistando el aire, creando o consolidando ciudades importantes a alturas considerables: Potosí  rondando los 4000 metros, La Paz (3.632 m.), Cuzco (3.350 m.), Quito (2.819 m.) Quezaltenango (2.333 m.), México D.F. (2.207 m.). Sin salir de Europa, ¿qué ciudades pueden competir con nuestros nidos de águila, con Ávila, Soria, Cuenca o la misma Segovia? Solo ciudades alpinas, como Davos o Briançon. Mientras que la talasocracia portuguesa hizo poco caso de las montañas, España se extendió a lo largo de sierras y cordilleras, desde las nieves del Mulhacén hasta las de los Andes. España es hija de Roma y los romanos aprendieron a hacer sus vías por las cumbres de las sierras, para dominar los valles y guardarse de ataques e inundaciones. De su pasado romano la provincia de Segovia no carece precisamente de testimonios: las siete letras de su nombre; el mayor acueducto que subsiste de la antigüedad; y, cruzando Guadarrama, los restos de una vía romana que nos recuerdan todavía el matrimonio de los Césares con las alturas. Esa tradición clásica la recogieron las coronas de Aragón y Castilla: la reconquista no se hizo solo de norte a sur sino también cuesta abajo, de la pobreza de riscos y barrancos a la riqueza de las vegas; del frío al calor. Los peñascos de Sobrarbe y Ribagorza son la cuna de Aragón y Jaca su más antigua capital; de las Asturias de Oviedo se derivan León y Castilla; y los nazaríes de Granada, encastillados detrás de sus nevados, le aguantaron dos siglos de envite a los reyes castellanos. Imperio se deriva de imperium que en un principio no designaba una función regia sino la capacidad de mando. Y para mandar hace falta ver. De ahí que imperios tan ajenos y lejanos como el romano y el azteca coincidieran en su pasión por las águilas. Porque el águila acecha y domina el mundo desde lo alto, las águilas han sido estandarte de legiones, la figura heráldica por excelencia de los emperadores, el símbolo de Zeus y de Júpiter y hasta a San Juan Evangelista lo llamaron el águila de Patmos... Y es que los dioses tienen ojos y su mirada es de arriba abajo, de rey a vasallo, de padre a niño. También la codicia y el deseo se alimentan con los ojos: cuando Zeus desea al hermoso Ganímedes adopta la forma de águila y rapta al garzón de Ida elevándolo hasta el Olimpo, dónde por siempre llenará las copas de los Inmortales. Ver, querer, y querer ver más; cuanto más queremos ver, más rabia produce la línea del horizonte que contiene y limita el campo de la visión. ¿Cómo conseguir alejar las lindes del horizonte, esa cárcel de la mirada? Subiendo. Cuánto más arriba, más lejos veo, más mundo abarco; cuanto más arriba más luminoso el día.

La lucha contra el calor

El imperio de la mirada exige la luz del sol. Y gran parte de la hispanidad vive todavía bajo los cielos luminosos de la Tierra Caliente. Pero, ¿cómo gozar de la luz sin tener que sufrir el calor? La solución de esta difícil ecuación la resolvieron nuestros abuelos con su inmoderado amor por las cumbres. Y es que la altura atesora otro secreto, que es el del frío: cuanto más subimos, más frescos estamos. Así que siendo los dominios de nuestros reyes en su gran mayoría zonas tórridas, el poder buscó las sierras no solo para contemplar y dominar sino para refugiarse del rescoldo estival. Por eso Felipe V buscó consuelo a su melancolía en las alturas de La Granja, un oasis fresco y siempre verde entre las dos Castillas. Por eso, también, si algún imperio ha merecido llamarse Celeste no será el de los chinos, ni el de los mayas o los antiguos babilonios tan aficionados a la astrología. Realmente, son los españoles quienes parecen haber sentido mayor predilección por las tierras altas. Nos gusta el sol, pero también las vistas y buscar el fresco. El horizonte en España suele ser una sierra y en nuestros cielos, generalmente puros y secos, la noche derrama un escándalo de estrellas. La astronomía habla español y los grandes observatorios se encuentran en territorios que son o han sido españoles. Desde el Roque de los Muchachos, en Canarias, hasta las cumbres chilenas, pasando por los telescopios de Arizona y California, parece que allí dónde el hombre quiere robarle sus secretos al universo sólo se conoce la lengua de Cervantes. El español sube hasta las cumbres para dominar la tierra y acercarse al cielo. No construye zigurates ni torres de Babel, se limita a trepar peñas arriba, como Pereda, y cuando no puede subir más, contempla el mundo que domina y se acerca al Dios que lo domina.

La monarquía celeste

En este sentido, el muy francés Felipe V resultó ser muy español en su afición por las alturas. Don Felipe tenía grabadas en la mente las máximas de Bossuet sobre la monarquía: "Dios instaura a los reyes como ministros suyos y reina mediante ellos sobre los pueblos. El trono real no es el trono de un hombre sino el trono del mismo Dios. Es la imagen de Dios que, sentado en su trono, en lo más alto de los cielos, da impulso a toda la Naturaleza." Rey piadoso, sin duda pensó acercarse a lo más alto de los cielos subiendo a La Granja; Rey dominante y absoluto, quiso tener el palacio más alto de Europa, un palacio en la región de las nubes. El que hoy quiera subirse a una nube no lo tiene difícil: la Granja le espera con los brazos abiertos .

Luis Español Bouché
Publicado el 14 de junio de 2003 en El Adelantado de Segovia.