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jueves, 8 de enero de 2015

La expulsión de los moriscos no debiera ser la solución

Europa se despierta una vez más con la noticia de un atentado realizado por musulmanes en nombre del Islam, o de su propia versión del Islam.

Moriscos y berberiscos
Hace cuatro siglos, en 1615, se publicaba la II Parte del Quijote. En ella aparece un personaje, Ricote, morisco víctima de la expulsión. Cervantes conocía muy bien el mundo musulmán puesto que había pasado varios años cautivo en Argel. Y reproduce en el drama humano de Ricote el drama de los musulmanes expulsados.
Un millón trescientos mil cristianos de España, Italia y el sur de Francia fue esclavizado por los berberiscos durante los siglos XVI al XVIII. De ellos trescientos mil se libraron de su cautiverio, convirtiéndose... Un pequeño porcentaje de ellos fue redimido, es decir, que se compró su libertad -caso del propio Cervantes- y la mayoría acabó su vida en el olvido y la esclavitud.
Los moriscos eran tenidos por sospechosos de ayudar a los piratas berberiscos. Al final, la "solución" consistió en la expulsión escalonada que empezando en 1609 concluyó en 1613. Las correrías berberiscas no terminaron con ello pero ya no hubo musulmanes en territorio peninsular.
 
Las comunidades musulmanas deben tomar la iniciativa
¿Qué lección podemos sacar de esa triste historia? Sin duda Europa ha evolucionado, hemos superado la identificación tierra-religión, y el nacionalismo ya sólo lo practican separatistas marginales. Pero, indudablemente, sería bueno que la comunidad musulmana española expulsara de su seno cualquier deseo de confraternización con terroristas, yihadistas o demás basura criminal. Porque en caso contrario, acabarán sufriendo las consecuencias, de un modo u otro, aunque esas consecuencias no sean más que el miedo, la desconfianza y la antipatía de los demás españoles. Todavía están a tiempo.
Lo mismo podemos decir de los musulmanes franceses o de otras naciones europeas. No se trata ya tanto de pedir que piensen en las víctimas de los terroristas sino en velar, casi diríamos que egoístamente, por sus propios intereses.

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